Interview

El escritor

¿Cómo empezó a escribir?

Como suele suceder en la trayectoria de muchos autores, fui un gran lector antes de ser escritor.
Mi afición a las novelas data de cuando tenía diez años. Aunque mi madre era bibliotecaria, hasta entonces los libros siempre me habían resultado aburridos. ¡Solo diré que lo único que me gustaba eran las historietas! Hasta que un día topé con una historia que me entusiasmó: Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.
¡A partir de ahí, me pasé muchos veranos leyendo en un rincón de la biblioteca en lugar de ir a la playa! Cuando eres adolescente, nada te asusta y no dudas en embarcarte en maratones de lectura. Recuerdo haber leído sin transición Guerra y paz, Anna Karénina, La educación sentimental, La señora Bovary...
Y de leer nace el deseo de escribir. El desencadenante fue un concurso de relatos que organizó un profesor de lengua y literatura cuando estaba en el segundo curso de secundaria. Escribí una historia sobrenatural con pretensiones tanto de Stephen King como de El gran Meaulnes. Y gané... El hecho de que un producto de mi imaginación pudiera despertar el interés de los demás me animó a seguir escribiendo.

¿Para usted, el hecho de escribir es como una predisposición? ¿Una necesidad?

Anais Nin dijo: «Creo que escribimos para crear un mundo en el que poder vivir.» Eso es exactamente lo que siento yo. Escribir es la prolongación natural de leer, que constituye el mejor medio para evadirme de la realidad, de lo cotidiano y de las facetas de la vida que a veces resultan insoportables. ¿Por qué los seres humanos necesitan que les cuenten historias? Sin ninguna duda, porque «la realidad está mal hecha», como decía Vargas Llosa, porque «el mundo es imperfecto, incapaz de satisfacer nuestros anhelos». De modo que lo que de verdad me impulsa a escribir, mi auténtica fuente de inspiración, es la frustración que me provoca la realidad.

¿De dónde saca las ideas? ¿Cuáles son sus fuentes de inspiración?

En su libro Mientras escribo, Stephen King dice, muy acertadamente, que «parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada, planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor.» El auténtico trabajo del escritor consiste pues en seleccionar, en identificar en el aluvión de ideas las que tienen potencial para convertirse en novelas.
Mis fuentes de inspiración son variadas: mis propias vivencias, la actualidad, la ficción bajo todas sus formas... También me gusta mucho observar a la gente, en el restaurante, en los cafés, en el metro, en las tiendas... Es lo que yo llamo mi «afición a los demás». Me sirve para captar las tendencias en boga, enterarme de situaciones, diálogos, emociones... En cuanto algo me llama la atención, lo apunto en el ordenador o en la libreta y, al cabo de un rato, de tanto comparar unas ideas con otras, algunas se juntan y acaban cuajando en una trama.
Dicho lo cual, el proceso creativo sigue siendo muy misterioso: una chispa, fogonazos que surgen, ideas que se acoplan y se agregan para, poco a poco, formar la armazón de una historia...

¿Cómo construye las historias? ¿Cuál es su método de trabajo?

Siempre tengo presente un principio básico: escribir libros que a mí me gustaría leer. Y, desde luego, ¡no intento aplicar ninguna fórmula! Es algo que no funciona y desvirtúa el placer de escribir. Procuro más bien contar una historia acorde con lo que siento en ese momento.
En lo que se refiere al propio hecho de escribir, el género que me caracteriza me obliga a establecer una armazón sólida y a cuidar de que la trama sea coherente. Cuando escribí mis primeros libros, pasé varios meses puliendo la estructura del libro, el «esqueleto». Necesitaba saber hacia dónde iba, aunque no siempre supiera qué camino iba a tomar para llegar hasta allí.
De modo que podía pasarme mucho tiempo montando una armazón que parecía un mecanismo de relojería, elaborando la transición entre los capítulos, la dosificación de los indicios, los giros inesperados... una fragmentación casi cinematográfica de la historia.
En paralelo, dedicaba mucho tiempo a pensar en los personajes y elaborarlos. Necesitaba conocerlos a fondo para empatizar con ellos y que durante el proceso de escritura actuara esa alquimia misteriosa de la que nace la emoción.

¿Ha cambiado, con los años, su forma de escribir?

Digamos que, al igual que un artesano, ahora tengo mucho más oficio.
Mis historias presentan tramas más densas y mis personajes, más matices. Lo que no ha cambiado es el empeño en que mis lectores disfruten leyendo y puedan evadirse de verdad.
De modo que mi prioridad sigue siendo el aspecto adictivo de la historia, la determinación de ceñirme a una narración moderna que arrastre al lector a mi propio universo, aunque ahora me lanzo a redactar mucho antes. Dejo que me guíe el desarrollo de la historia y me fío más de mi capacidad para encontrar soluciones cuando me bloqueo. Actualmente, muchos de los giros inesperados se van imponiendo a medida que redacto la novela.
Para mí, esta espontaneidad y esta seguridad en mí mismo son relativamente recientes. Aunque implican mayor incertidumbre, también resultan más instintivas y, a decir verdad, ¡más placenteras! La parte imprevista es incluso la más emocionante: ¡cuando los personajes intentan escaparse de ti e imponerte cosas! De ahí nacen los giros inesperados y que no se me habían ocurrido al principio.

¿Tiene algún hábito a la hora de escribir? ¿Dónde trabaja? ¿Prefiere hacerlo en silencio o con música? ¿En ordenador o en papel?

Mi jornada laboral se parece a la de un artesano. Intento escribir todos los días y mantener cierta disciplina aunque sin empantanarme con rituales demasiado estrictos.
Intento trabajar en cualquier parte: despacho, cafés, AVE, aviones... De hecho, me he fijado en que muchas ideas se me ocurren cuando estoy en un aeropuerto o en el extranjero. Escribo un capítulo detrás de otro, en ordenador (siempre uso un Mac y un procesador de textos con una configuración muy concreta), luego los corrijo mucho en papel, vuelvo a pasarlos al ordenador y así una y otra vez. Repito el proceso tantas veces como sea necesario.

Las Novelas

¿Dónde se puede encontrar su primera novela, Skidamarink?

Ya no se encuentra... o puede que en alguna página de subastas en línea, ¡a unos precios que no le recomiendo para nada! Le tengo mucho cariño a esa primera novela. Como muchos escritores noveles, la mandé por correo y la aceptó la editorial Anne Carrière. Fue en el año 2000 y la trama contaba la historia de cuatro personajes que recibían cada uno un pedazo de La Gioconda junto con una misteriosa cita en un una capilla italiana.
Aunque el tema de La Gioconda suena al Código Da Vinci, ¡mi novela se publicó cuatro años antes y la filosofía se acercaba más a Arturo Pérez-Reverte que a Dan Brown!
En su momento, la prensa la elogió bastante y a muchos lectores les gustaría leerla ahora.
Así que he vuelto a comprar los derechos de edición de Skidamarink para, quizá, reescribirla a la luz de la experiencia que tengo ahora. Convertir ese primer libro en la novela que yo intuía, pero que se quedó como en estado de crisálida...

¿Cuáles son sus preferencias literarias?

En poesía, Louis Aragon y Guillaume Apollinaire.
En el ámbito de la novela, soy más de títulos que de autores.
De los clásicos, me quedo con Bella del Señor, de Albert Cohen; La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; y El húsar en el tejado, de Jean Giono.
De los novelistas estadounidenses  contemporáneos, con La mancha humana, de Philip Roth; Un saco de huesos, de Stephen King (cuya capacidad para transformar la vida cotidiana en situaciones angustiosas admiro mucho); El lector, de Bernhard Schlink; Mystic River, de Dennis Lehane; La cuarta verdad¸ de Iain Pears; Expiación¸ de Ian McEwan; Perdida, de Gillian Flynn...
De los escritores franceses, soy un verdadero fan de Jean-Christophe Grangé por la intensidad que impregna todas sus páginas, y de Tonino Benacquista, por lo humanos que son sus personajes.

¿Por qué la acción de muchas de sus novelas transcurre en los Estados Unidos?

No siento una especial fascinación por el modelo estadounidense. Vivo en Francia y me gusta este país, pero es cierto que muchas historias mías están ambientadas en Nueva York.
Situar la trama en los Estados Unidos me permite, en primer lugar, distanciarme de la historia. Esa distancia me ofrece una muchísima libertad porque me aleja de mi vida cotidiana.
Y en segundo lugar, la ubicación de una novela es importante porque establecer el decorado contribuye a que la historia resulte creíble. Nueva York es un sitio donde parece que puede ocurrir cualquier cosa: desde la historia de amor más bella hasta la tragedia más espantosa.
Además, es una ciudad que conozco bien porque estuve trabajando allí varios meses cuando tenía 19 años. Me fui de viaje un poco a la aventura y cuando llegué allí encontré curro vendiendo helados ¡con jornadas de 70 u 80 horas semanales! Aunque mis condiciones laborales era muy difíciles, me enamoré profundamente de Manhattan y siempre que vuelvo siento la misma fascinación.
Por otra parte, después de los atentados, Nueva York se ha convertido en una ciudad superviviente. Y esta característica a menudo se refleja en las vivencias de mis personajes.
Lo cual no quita que, en los últimos años, París tenga cada vez mayor presencia en mis novelas. Especialmente en La llamada del ángel, 7 ans après... y Central Park, donde buena parte de la trama transcurre allí...

A veces, en la vida de sus protagonistas, de pronto ocurren cosas sobrenaturales. ¿Por qué?

Eso era sobre todo en mis primeros libros. Pero en muchos otros (Parce que je t’aime, La mujer de papel, La llamada del ángel, 7 ans après, Central Park, La fille de Brooklyn...) el argumento no es «sobrenatural».
Y era así porque lo sobrenatural y lo misterioso son solo pretextos para tratar, con un enfoque lúdico y desenfadado, temas más profundos.
Et après... trata del luto y de lo frágil que es la existencia; Sauve-moi alude a la importancia que tienen el azar y el destino; ¿Estarás ahí? habla de la vejez, de los remordimientos y de las cosas que lamentamos haber hecho. Parce que je t’aime toca el tema de la resiliencia, esa capacidad psicológica para aguantar las adversidades y superar pruebas que, a veces, te acaban fortaleciendo. Je reviens te chercher recurre a la idea de las segundas oportunidades e invita a reflexionar sobre la responsabilidad de las decisiones que tomamos, los azares del destino y la posibilidad de modificar la trayectoria de ese destino. Demain es una novela sobre lo que supone vivir un gran amor y los excesos que conlleva, sobre cómo te puede desequilibrar y llevarte a hacer cosas inconcebibles. Una novela sobre las apariencias dentro de una pareja que plantea la pregunta ¿en qué medida conocemos a la persona con la que compartimos la vida?
Así pues, lo sobrenatural es un recurso dramático que a veces utilizo como una parábola para hablar de lo que realmente me apasiona: los sentimientos, el sentido de la vida, la ausencia y el miedo.
La idea se me ocurrió después de sufrir, a los 24 años, un accidente de tráfico que me dejó marcado. Por suerte a mí no me pasó nada grave, pero mi coche quedó destrozado. Hasta ese momento, yo no me había parado a pensar en la muerte, y entonces tomé conciencia de que en medio segundo se nos puede llevar por delante sin previo aviso.
Así que quise escribir una historia sobre esa vivencia y sobre esa urgencia por vivir que puede provocar un encuentro con la muerte, pero no sabía cómo hacerlo. Tenía miedo de que el tema resultase un poco tétrico. A casi nadie le apetece nada leer un libro sobre la muerte, pero en cambio a casi todo el mundo le encantan las historias misteriosas, mágicas y sobrenaturales.
Entonces, me acordé de todas esas películas estadounidenses de la década de 1940 que, con un enfoque lúdico, tratan de temas cruciales: Qué bello es vivir, de Frank Capra; La mujer pantera, de Jacques Tourneur; o El fantasma y la señora Muir¸ de Joseph Mankievicz. O más recientemente, Win Wenders en Las alas del deseo y M. Night Shyamalan en  El sexto sentido, también recurren a ese rodeo sobrenatural para hablar del luto y de la condición humana.

En La llamada del ángel, 7 ans après, Central Park y La fille de Brooklyn esa dimensión sobrenatural da paso a un tono más policíaco. ¿A qué se debe ese cambio?

En realidad, no es ninguna novedad. Tanto por la estructura como por el ritmo que tienen, mis novelas siempre han coqueteado con el thriller, aunque por la temática sean novelas «mixtas».
Actualmente es cierto que me decanto por la novela de suspense, porque me permite conciliar el placer de leer con la posibilidad de hablar (de forma quizá más madura que con lo sobrenatural) sobre ciertos temas que me importan mucho: la familia, la pareja, las transformaciones del mundo y los desajustes del ser humano.
Pero lo que me encanta es mezclar géneros. Ahí reside, creo yo, mi originalidad: en jugar con los códigos y reinterpretar ciertos temas enfocándolos con una perspectiva innovadora.
También pongo mucho empeño en que mi forma de escribir no se vuelva mecánica. Antes muerto que escribir dos veces el mismo libro, porque para disfrutar escribiendo también hay que saber innovar y lograr sorprenderte a ti mismo.

En sus historias están muy presentes los sentimientos. ¿Cuál es su concepto del amor?

El amor (bajo todas sus formas) es, en efecto, el tema principal de todos mis libros por la sencilla razón de que el amor o la falta de amor es lo que guía gran parte de los comportamientos del ser humano. Como decía Christian Bobin, «siempre padecemos por amor, aunque creamos que no padecemos de nada».

Sus lectores se han acostumbrado a los desenlaces espectaculares. ¿Es ese su sello personal?

¡Ojo, no se trata en absoluto de algo que haga sistemáticamente cuando escribo! Pero es un hecho que muchas historias mías concluyen con un crescendo dramático. Los estadounidenses usan el término «twist ending» para referirse a esas películas o novelas que consiguen crear un auténtico efecto sorpresa en el desenlace.
En calidad de lector y de espectador, siempre me han gustado los giros inesperados que, al final de una historia, cambian radicalmente su significado. Por ejemplo, aún recuerdo lo mucho que me sorprendió de niño, el final de algunas novelas de Agatha Christie (Diez negritos, El asesinato de Roger Ackroyd...) o descubrir películas como Psicosis (la madre momificada en la silla de ruedas es todo un hallazgo), Ciudadano Kane (el famoso «Rosebud» del último plano) o Las diabólicas. De hecho, Clouzot lo advertía en el cartel de la película: «No sea usted diabólico: ¡no les cuente el final a sus amigos!»
Más recientemente, el director Night Shyamalan se ha especializado en este tipo de giros inesperados (El sexto sentido y El protegido), al igual que David Fincher (El club de la lucha y El juego). A los aficionados a este género, también les recomiendo Shutter Island, una novela logradísima de Dennis Lehane.

Le Succès

Es usted uno de los novelistas más leídos de toda Francia. ¿Cómo afronta que sus libros tengan tanto éxito?

Me siento satisfecho y orgulloso porque, aunque obviamente escribir novelas no es una competición, en cierto modo el éxito valida tu trabajo.
De lo que más orgulloso me siento es de haber conseguido estos resultados siendo totalmente ajeno al mundillo de la edición. A los 23 años, cuando empecé a enviar manuscritos por correo a las editoriales, no conocía a nadie de aquel entorno, ni a ningún periodista, no era de París y no tenía a nadie que me pudiera recomendarme.

El hecho de tener tanto éxito le ha valido a veces el calificativo de escritor «popular». ¿Está de acuerdo con esta etiqueta?

Lo que resulta tranquilizador en mi caso es que nunca he querido ser popular a toda costa. El entusiasmo que suscitan mis novelas no me resta libertad, no me obliga a hacer ninguna concesión.
Pero es cierto que no hay nada tan gratificante como ver a la gente leyendo mis novelas en el metro o en el autobús. La literatura popular (la de Agatha Christie, Barjavel, Stephen King...) fue la que, de adolescente, me aficionó a la lectura. Es la de los narradores de historias y la del placer de leer. Así que no solo no me acompleja ser un escritor «popular» sino que me siento muy orgulloso de serlo...
Siempre que coincido con mis lectores en sesiones de firma de ejemplares, me sorprende lo variopintos que son: lectores de todas las edades y de todos los sexos, pero sobre todo un público de adultos jóvenes y de adolescentes. Eso es quizá lo que más pasmado me tiene: haber sabido despertar el interés de una generación que tiene fama de disfrutar más con los videojuegos y las historietas que con los libros.

¿A qué cree que obedece su éxito?

Uno siempre es el menos indicado para explicar su propio éxito, pero coincido bastante con Bernard de Fallois cuando sostiene que «la primera virtud de un novelista es saber conquistar al público». Siempre he anhelado escribir novelas que atrapen tanto al lector que no sea capaz de soltar el libro que está leyendo.
Para mí, el suspense es un factor esencial. Así que me impongo el deber de estar siempre inventando. Me gusta que la historia cuente algo original. Me gusta que cada página lleve a la siguiente y que el final de cada capítulo dé ganas de leer el que viene luego.
También quiero que los lectores vivan y sientan lo mismo que los personajes. Por eso me esfuerzo en construir personajes complejos que no sean unidimensionales ni tampoco unos superhéroes.
Por último, siempre intento construir mis novelas con dos niveles de lectura: el primero, en el que el lector se deja arrastrar por la historia, el suspense, el ambiente y el placer de ir pasando páginas; y el segundo, en el que trato de introducir elementos de reflexión y plantear determinados temas.

Ha escrito usted trece novelas y todas ellas han sido un gran éxito. ¿Cuáles son sus métodos y recetas para conseguirlo?

Prueba de que no sigo ninguna receta es que he ido encadenando distintos periodos, al igual que un pintor, y que en los tres últimos años he logrado mis mayores éxitos con libros que no se parecían a los que había escrito antes.
Mi público también evoluciona y he ido ganando lectores que antes no me leían porque tenían una imagen falsa y distorsionada de mi trabajo.
Lo cierto es que huyo como de la peste de todo lo que suene a «receta». Los lectores y el público actuales están muy familiarizados con la ficción porque la consumen en grandes dosis, ya sea en forma de novela o de series de televisión.
Creo que los lectores, más que encontrarse con algo que se saben de memoria, lo que quieren es que los sorprendan, tanto con formas originales de narrar como con historias que no tengan un regusto a algo que ya han leído antes. 

El Cine

A menudo se destaca lo cinematográficas que pueden llegar a ser sus novelas. ¿Usted qué opina?

El cine es una de mis mayores fuentes de inspiración, por eso la estructura de mis libros se parece, de forma natural, a la de algunas películas.
Pertenezco a la generación de las cintas de vídeo: la que no descubrió las películas en los cineclubs sino directamente en la pequeña pantalla, con la posibilidad de repetir una y otra vez la misma escena, es decir, la posibilidad de «deconstruir» la película para asimilar mejor los cimientos y las técnicas. Estoy convencido de que eso ha aportado a mi forma de escribir un carácter muy visual, una estructura muy fragmentada y una tensión que se mantiene durante toda la historia.
Otra fuente de inspiración importantísima desde hace unos quince años son las buenas series de televisión anglosajonas: A dos metros bajo tierra, Perdidos, Los Soprano, Doble identidad, 24, El ala oeste de la Casa Blanca, Mad Men, The Wire... Ahí es donde podemos encontrar actualmente las narraciones más innovadoras, los temas menos manidos y a los creadores más inspirados.

¿No le preocupa que sus libros se desvirtúen al pasar a la pantalla? ¿Qué opina de Premonición, la adaptación cinematográfica de Y después...?

En efecto, existe ese riesgo. A todos se nos ocurren ejemplos de libros que nos han gustado y que han acabado siendo películas infumables, como por ejemplo... No, mejor no citar ninguna, ¡hay demasiadas!
Lo cual no quita que sea una gran suerte que haya una película basada en un libro tuyo. Que los productores hagan cola para adaptar tus obras demuestra la rotundidad de tus historias y la fuerza de tus personajes.
La adaptación cinematográfica de Y después... es visualmente magnífica y el casting (John Malkovich, Romain Duris, Evangeline Lilly...) cumple todas mis expectativas. Aunque me consta que a algunos lectores el ritmo de la película les parece un poco lento y el tono mucho más tétrico que el de la novela...

Cuando escribe ¿lo hace pensando ya en una posible adaptación al cine?

No, para nada. Aunque mi forma de escribir a veces sea muy visual, mi territorio es la novela. Mi forma de expresión son las palabras y las frases. La puesta en escena es otra forma de expresión...

¿Se ha planteado alguna vez escribir un guion directamente para el cine o la televisión?

En cualquier caso, me lo han propuesto muchas veces, pero de momento siempre he contestado que no. Como dice Jean-Christophe Grangé, «cuando escribes puedes hacer lo que te dé la gana, mientras que en el cine todo son restricciones».
Además, en Francia, al contrario de lo que sucede en los Estados Unidos, la aportación del guionista está muy devaluada con respecto a la del «director guionista». La partida dedicada a escribir el guion es una parte ínfima del presupuesto de una película en comparación con lo que sucede al otro lado del Atlántico. De ahí que haya tantas películas francesas con un guion chapucero y ombliguista.
Así y todo, no descarto que algún día llegue a dar ese paso. Siempre y cuando tenga la certeza de que el enfoque de la historia se oriente más a la pantalla que al texto. Y que pueda trabajar con personas competentes y ambiciosas.