"Une intrigue d'une rare sophistication", "Un coup de cœur", "Un magnifique hommage à la littérature".
Coup de coeur pour "La vie secrète des écrivains, le nouveau roman de Guillaume Musso.

La huella de la noche

Mai 2019

Esta nueva novela arranca con el reencuentro de unos viejos amigos que no han tenido contacto desde el instituto. ¿Nos puede contar el principio?

Llevaba tiempo queriendo escribir una novela de suspense en torno a una reunión de antiguos alumnos. Enfrentar a personas que han pasado juntas los años más intensos de su vida y luego se pierden de vista. Aquí el misterio implica a tres personajes: Fanny, Thomas y Maxime. Que fueron inseparables y después tomaron caminos muy distintos: Fanny es cardióloga; Thomas, escritor; y Maxime, empresario. Los tres se reencuentran en la ceremonia del 50.º aniversario de su instituto, durante la cual se anuncia que se va a demoler el gimnasio viejo para construir uno nuevo. El gimnasio en el que, veinticinco años antes, los tres habían emparedado un cadáver... Así que queda claro que ese reencuentro no es casual y los tres antiguas amigos tienen que impedir que el secreto salga a la luz y les destroce la vida. Este tema del reencuentro al cabo de veinticinco años me interesa porque, aunque transcurre en el presente, propicia una vuelta al pasado. Propicia que se rememoren los «viejos tiempos» pero también momentos más dolorosos. Propicia también se replanteen ciertos hechos de los que no todo el mundo guarda el mismo recuerdo. El reencuentro con unos amigos después de tanto tiempo es una ocasión para hacer balance de la propia vida, lo que conduce, inevitablemente, a compararla con la de los demás, o incluso a enfrentarse con ellos. En resumen: para mí, se trata de un filón de situaciones emocionantes y potencialmente explosivas.

El misterio gira en torno a un personaje femenino, Vinca Rockwell, que desapareció en 1992 y cuya sombra está presente a lo largo de toda la novela. ¿Quién es Vinca? 

«¿Quién era Vinca Rockwell en realidad?» es la pregunta que se hace todo el mundo. A principios de los años noventa, aquella alumna brillante de las clases preparatorias del Liceo Saint-Exupéry era, en cierto modo, la reina del campus. Era libre, encantadora y apasionada, y tenía fascinados a quienes la rodeaban. En 1992, con 19 años, se fugó con un profesor de filosofía con el que tenía una relación secreta. Nadie los volvió a ver jamás y los amigos de Vinca se siguen preguntando qué fue de ella y qué secretos ocultaba. Sobre todo Thomas, el narrador, que había creado vínculos muy fuertes con ella y está convencido de que la conocía mejor que nadie. Y sin embargo, a raíz del reencuentro con los antiguos alumnos del liceo, esta convicción se resquebraja. Con la reunión resurge el pasado y la necesidad de Thomas de entender por qué desapareció la mujer de la que estaba enamorado. Veinticinco años después, el recuerdo de Vinca aún está muy vivo entre quienes la conocieron. Al hilo de jirones de recuerdos, testimonios fragmentados y flash-backs se va dibujando el retrato de una joven inaprensible y ambigua. Inocente a la par que cruel, ángel a la par que demonio. A través de Vinca, La huella de la noche también es una novela sobre el amor apasionado y sobre la locura.

Ha decidido situar esta novela en un lugar al que hasta ahora nunca había llevado a sus lectores...

En efecto, por primera vez, una novela mía transcurre en la Costa Azul. Durante mucho tiempo, la trama de mis novelas ha transcurrido en Norteamérica, en primer lugar porque Nueva York, «la ciudad donde puede ocurrir cualquier cosa», es un decorado estupendo para ambientar una ficción; y, en segundo lugar, porque era una forma de distanciarme de la historia. Esa distancia me ofrecía la libertad de evadirme de mi vida cotidiana, favoreciendo así mi imaginación. Sin embargo, llevaba ya varios años queriendo contar una historia que transcurriera en la Costa Azul, que es la región donde pasé la infancia. Y, concretamente, en los alrededores de Antibes, donde tengo tantos recuerdos. Pero escribir una novela es un proceso frágil y complejo en el que querer no siempre es poder. Tenía que esperar a que se me ocurriera la historia adecuada. ¡Una que solo pudiera pasar en esa región! Cuando la historia de Vinca, Thomas, Maxime y Fanny empezó a concretarse en mis libretas, me di cuenta de que necesitaba el sol y los colores del Mediterráneo, un camino costero en lo alto de los acantilados, cafés con terrazas umbrosas, el sonido del viento en los pinos y toda la imaginería relacionada con el cabo de Antibes.

La historia transcurre en el campus de un prestigioso liceo de la Costa Azul, un lugar magnífico y sin embargo inquietante cuando se convierte en el escenario de un confinamiento mortal... ¿Cómo se le ocurrió situar la trama en ese lugar?

Aunque en el mundo anglosajón hay una larga tradición de Campus novel, desde David Lodge a Donna Tartt, pasando por Michael Chabon y Laura Kasischke, por lo que yo sé no sucede lo mismo en la literatura francesa. Pero resulta que a mí me encantan. Así que me pareció emocionante y original montar una historia ambientada en un campus internacional en medio del paisaje de la Provenza. ¡Como dice uno de los personajes, «Twin Peaks en la tierra de Marcel Pagnol»! Me gusta la idea de concebir el campus como un ruedo, como un escenario que alberga una reducida comunidad de personajes y observar cómo se comportan «in vitro». Se aplica el concepto de unidad de lugar del teatro clásico. En mi historia, la acción transcurre en dos épocas, lo cual me permite retratar dos ambientes muy distintos. El del campus en 1992, casi desierto durante las vacaciones de Navidad y paralizado por culpa de una tormenta de nieve, donde el frío, los sonidos amortiguados y la dificultad de desplazarse por la nieve resultan agobiantes y crean una sensación claustrofóbica. Y luego, el de una mañana primaveral de 2017, soleada y festiva, aparentemente apacible, frente a la que las fallas que amenazan con abrirse resultan aún más aterradoras.

¿Es esta novela su obra más personal?

En efecto, eso es algo que seguramente se van a preguntar los lectores. Inevitablemente, La huella de la noche me toca muy de cerca porque crecí en los lugares que describe, en los que crecí, y por la época, ya que los protagonistas y yo tenemos la misma edad. Sin embargo, en las novelas anteriores ya había situaciones o lugares que también tienen mucho que ver conmigo. Lo interesante de este experimento era comprobar precisamente cómo, al escribir, ese decorado real al que estoy vinculado sentimentalmente, se iba alejando de mí a medida que la acción lo deformaba, hasta adquirir una forma y una vida propias. Como otro personaje, en definitiva. Incluso los lugares reales aparecen distorsionados por el prisma novelesco. El internado de Thomas, el liceo, los profesores, familiares y amigos son inventados, o difieren de mis recuerdos de juventud. La novela nunca coincide con la realidad y el narrador no se confunde con el autor. Thomas es íntegramente un personaje de novela y lo que vive en estas páginas solo le atañe a él. Vamos, que le garantizo que yo todavía no he emparedado a nadie en un gimnasio...

Así pues, La huella de la noche está estructurada en dos épocas. Por eso y porque no es una investigación policial, ¿se la podría definir como como un cold case» literario?

En efecto, en la tradición de los cold case las dos épocas se responden mutuamente a medida que avanza la investigación. En mi proceso de escritura, la elaboración de la trama es una etapa realmente estimulante porque es la que sustenta en gran medida el juego con el lector: encontrar recursos narrativos para impedirle que cierre la novela y que esté deseando volver a sumergirse en ella cada noche, al volver a casa. Aunque la novela presenta varios niveles de lectura, me importaba mucho que tuviese un aspecto entretenido para el lector que, tal y como exige el whodunit, cuenta con los mismos elementos que los «investigadores» para descubrir lo que le pasó a Vinca Rockwell. El aspecto lúdico se desprende de las idas y venidas del presente al pasado, que se articulan mediante cambios de enfoque. Contar el mismo hecho desde distintos puntos de vista permite revelar detalles complementarios y contradictorios ¡que a veces lo cambian todo! Se cuenta varias veces la misma escena según la subjetividad de distintos personajes. En esta novela, ninguno de ellos conoce toda la verdad, el lector es el único que, a la postre, podrá acercarse todo lo posible a esa verdad... en la última página.

La huella de la noche también es una novela sobre reparar faltas y renacer. Algunos personajes no han podido superar lo que sucedió en 1992. Para ellos, ¿la reunión de antiguos alumnos es también una oportunidad para deshacer los nudos del pasado?

Esta trama es una emboscada en el fuero interno más íntimo: la amenaza no es solo una amenaza que impone un desconocido desde fuera, sino también, y en mayor medida, una amenaza que viene de lo más hondo. Fanny, Thomas y Maxime tienen en común que se han pasado la vida huyendo de algo y, en el momento en que arranca la novela, sus respectivas trayectorias los han conducido al lugar donde están todos los peligros: aquel que podría acabar con ellos revelando sus peores secretos, pero también donde podría ejecutarse la dimensión resiliente de confesar y aceptar la verdad. Una prueba de fuego que solo puede ser colectiva y que para estos personajes constituye la última oportunidad para poder enfrentarse al porvenir serenamente. Es lo que le pasa esencialmente a Thomas, el narrador, que siente la necesidad de intentar descubrir lo que le pasó a Vinca, la joven de quien estaba enamorado y cuya desaparición nunca se aclaró. Pero si la novela trata de una liberación o de un renacimiento, solo depende de saber lo que es mentira y lo que es verdad. La verdad que nos impide crecer cuando está oculta, que no deja de zafarse cuando la buscamos y que puede destruir cuando la descubrimos. O liberar...

En La huella de la noche pone usted en escena a una serie de personajes con un carácter fuerte. Personas apasionadas y atormentadas, que albergan el deseo de alcanzar sus propios límites y dispuestas a hacer grandes sacrificios para vivir como creen que debe ser la vida.

Lo he dicho muchas veces: en mi opinión, una buena novela, como mínimo, depende tanto de los personajes como de la trama. Porque los personajes, la complejidad de su psicología y de sus emociones, son los que dotan a la ficción de enjundia y los que van a suscitar la empatía y el interés del lector. En ese sentido, se puede considerar que esta novela es un «thriller íntimo»: un suspense donde los grandes vuelcos son esencialmente mentales y vinculados a la parte secreta de cada uno de los personajes. Por un lado, están la impaciencia y la intensidad de la juventud, sus excesos, sus agobios y su furia incontenible. Por el otro, la edad adulta en la que impera la razón, pero que también alberga preocupaciones, excesos, ira y, sobre todo, la huella indeleble del joven que fuimos. De hecho, en esta novela no hay ningún personaje binario. No hay «buenos» y «malos». Hay una cita de Dennis Lehane viene muy al caso: «ves lo peor en las mejores personas. Y lo mejor en las peores». Casi todos los personajes han tenido que tomar decisiones difíciles, unas veces solo por interés propio y otras, por el de su familia, con las que han tenido que apechugar desde entonces. Otros actúan obedeciendo a algo que está por encima de ellos y en lo que creen sobre todas las cosas. Annabelle es una mujer profundamente enamorada que lo sacrifica todo por ese amor, Thomas es un escritor que se protege de la realidad con la ficción, Stéphane Pianelli es un periodista que solo vive para desvelar verdades ocultas. Son personajes que, llevando su lógica al extremo, viven trayectorias que se cruzan, se influyen y se enfrentan. De esta colisión entre varios destinos nace la historia.

Thomas, el narrador, es escritor. La novela encierra hermosos elogios a la lectura y a la escritura entendidas como un medio de «contener la crueldad destructiva de la realidad [...] para escaparse a un mundo paralelo (la realidad no tal y como es sino como debería ser)». ¿Hace usted suyas estas reflexiones?

Gracias a mi madre, que es bibliotecaria, mi primera relación con los libros fue una relación placentera que nunca ha dejado de serlo. Diría incluso que se ha ido intensificando con los años, en una sociedad cada vez más tecnológica y devorada por el incesante flujo de imágenes. A diferencia de mi protagonista, para quien la lectura es una evasión, yo nunca he leído para huir del mundo ni de la realidad, sino más bien, como tan bien dijo Bernard Pivot, «para entrar en el mundo por otras puertas». Leer es entrar en contacto las ideas de los demás, es vivir por delegación tramos de vida cuya existencia ni tan siquiera sospechas. Y regresar a tu propia vida con otra mirada. En definitiva, leer es ensanchar tu vida e incluso multiplicarla. Del mismo modo, siempre he creído que un libro solo puede existir plenamente a través de su relación con el lector. Es el famoso «pacto de generosidad» del que hablaba Sartre, entre el escritor y el lector. De modo que a mi me corresponde cumplir bien mi parte para que la del lector resulte tan hermosa y tan libre como sea posible.

Ya que lo menciona, ¿puede decirnos si con los años (La huella de la noche es su decimosexta novela) ha cambiado su forma de trabajar?

Algunas cosas sí que han cambiado y otras, nada en absoluto. Cada libro que terminas de escribir es a la vez fruto de un misterio, de la voluntad y del trabajo. Para empezar, el propio proceso de creación sigue siendo un misterio: una chispa, imágenes que se te pasan por la cabeza como fogonazos, ideas que se acoplan y se agregan para, poco a poco, convertirse en el argumento de una historia... Cada nueva trama que surge es un milagro frágil. Después, la voluntad del novelista guía lo que escribe. La principal constante, lo más importante para mí, es seguir siendo fiel a mi motivación de partida: escribir un libro que a mí me gustaría leer. Apañármelas para ofrecer un vivencia lectora original a través de una historia y de personajes que nadie ha visto en ninguna otra parte. Por lo demás, creo que he ganado oficio. Me cuesta menos dejarme llevar cuando redacto. Y ahora sé que algunas de las mejores ideas se me van a ocurrir durante la fase en la que redacto el texto, lo que hace que escribir me resulte aún más adictivo y placentero. ¡Es una gozada encender todas las mañanas el ordenador preguntándote qué te tendrán reservado tus personajes!

Un libro es una historia, pero también un objeto. La huella de la noche no es un libro cualquiera...

Me importa mucho el material de la cubierta, la calidad del papel, la maquetación... todo ello contribuye a que la lectura de un texto que te atrae sea aún más intensa. Mi novela anterior, Un appartement à Paris, trataba de las obras de un pintor excepcional, y por eso quise que la cubierta del libro llevara impresa una pintura que recordase realmente al lienzo de un pintor. Me ha pasado lo mismo con La huella de la noche, quería que el libro material reflejara el contenido y he ido incluso más allá porque cada ejemplar es único. En efecto, elegí una preciosa cartulina color marfil cuyas fibras irregulares simbolizan tanto los surcos de los recuerdos como los derroteros de la vida. Trayectorias rectas, que se interrumpen, se bifurcan de repente y, a veces, vuelven a cruzarse, cuando menos te lo esperas, para bien o para mal...

La vie secrète des écrivains

Avril 2019

Votre nouveau roman est l’histoire d’une enquête sur le secret d’un écrivain culte. Pouvez-vous nous en révéler un peu plus ?


Le roman met en scène Nathan Fawles, un célèbre écrivain francoaméricain qui a mystérieusement arrêté d’écrire il y a vingt ans et s’est retiré à Beaumont, une île sauvage de la Méditerranée, au large des côtes varoises.
Depuis sa décision radicale, Fawles n’a plus fait aucune apparition publique. Mais à l’automne 2018, deux personnes débarquent sur l’île pour forcer sa solitude. Un aspirant romancier, Raphaël Bataille, 24 ans, prêt à se faire tirer dessus pour que le grand écrivain accepte de lire son manuscrit. Et une jeune journaliste suisse, Mathilde Monney, bien résolue à percer les secrets de Fawles. Alors que l’île est bouclée par les autorités à la suite de la découverte d’un cadavre, Mathilde et Raphaël vont mener chacun à leur façon leur enquête sur Nathan Fawles et chercher dans les ténèbres de son passé la véritable raison de son isolement volontaire.

La vie secrète des écrivains est un roman qui se situe à la croisée des genres…

 

C’est vrai, même si c’est d’abord un roman à suspense qui se déploie dans l’intimité des personnages, dans leur vie intérieure. Le drame se noue au coeur de cette vie secrète que nous portons
tous en nous. En tant que romancier, c’est pour moi l’essence du « thriller intime » : parvenir à mettre en scène des personnages ni totalement innocents ni totalement coupables et les regarder se débattre pour affronter une forme de fatalité – souvent due à une erreur de jugement passée – en tremblant avec eux pour qu’ils s’en sortent et trouvent une échappatoire à une situation presque désespérée.

L’intégralité de l’action se déroule sur une île imaginaire de la Méditerranée. Pourquoi avez-vous choisi d’inventer ce lieu ?


D’abord parce que j’avais envie de rester dans l’atmosphère méditerranéenne que j’avais pris plaisir à explorer avec La Jeune Fille et la Nuit, mon précédent roman. J’avais alors « ouvert la porte » à des souvenirs, à des paysages et à des sensations. Après des années passées à décrire New York ou Paris, c’est un véritable bol d’air de faire évoluer mes personnages dans un décor de falaises, de garrigue et de pinède.
L’île Beaumont apparaît au début du roman comme une sorte de havre de paix bucolique, bercé par les cigales, à mi-chemin entre la Corse, Hydra et Porquerolles. Une communauté pittoresque et soudée veille à sa préservation. Le centre de Beaumont est couvert de forêts de pins et d’eucalyptus, les falaises s’ouvrent sur des calanques et quelques plages, la côte est intacte, très peu construite, une seule route fait le tour de l’île et les voitures y sont rares… Un refuge, loin du monde. Puis, au fil de la tension dramatique, le paysage change pour se faire plus sombre et mystérieux.

L’île est aussi un endroit symbolique dans l’imaginaire culturel…


C’est vrai. Dans l’imaginaire, l’île a toujours eu un statut particulier et ambivalent. Elle évoque tantôt un lieu paradisiaque et inspirant, tantôt un paysage propice à la méditation et à la recherche de la paix intérieure, tantôt encore une terre d’exil, coupée du monde, dans laquelle on peut se sentir prisonnier. Et dont on ne peut s’échapper.
En se fondant notamment sur la prononciation anglaise du mot (I-land, littéralement « le territoire du moi »), certains ont remarqué que l’île était une sorte de métaphore de la psyché humaine, et j’ai aimé jouer avec cette analogie. L’île fait écho à la psychologie de mes personnages et délimite un territoire intime et complexe qui, à la manière d’une tragédie classique, va être le théâtre principal de l’action. Un écrin séduisant mais instable, dans lequel résonne la vie intérieure des protagonistes. Et, comme mes personnages, cette île abrite un douloureux secret dans ses entrailles…


Ce titre, La vie secrète des écrivains, évoque un mystère qui fascine tous les lecteurs, celui de l’auteur derrière le livre. On sait depuis votre Fille de papier (2010) que les liens entre fiction et réalité vous intéressent. Qu’est-ce qu’ils signifient pour vous ?


Les liens entre la réalité et la fiction renvoient à deux questions que l’on pose souvent aux romanciers : « D’où vient l’inspiration ? », et son corollaire « Y a-t-il une part autobiographique dans votre histoire ? ». Deux questions auxquelles il n’est jamais facile de répondre. Décrypter les mécanismes de la création supposerait de pouvoir remonter à la source de l’imaginaire, qui est une nébuleuse d’idées, de flashs, de souvenirs, de fulgurances parfois venues d’on ne sait où et qu’il est vain de vouloir rationaliser.
Ce roman, La vie secrète des écrivains, est une forme de réponse possible. Dans une sorte de puzzle littéraire, il illustre le processus mystérieux qui donne naissance à l’écriture : tout est potentiellement source d’inspiration et matériau de fiction, mais rien ne se retrouve dans un roman tel qu’on l’a vu, vécu ou appris. Comme dans un rêve étrange, chaque détail de la réalité peut se déformer et devenir élément essentiel d’une histoire en gestation. Alors, ce détail devient romanesque. Il est toujours vrai, mais il n’est plus réel. L’art est un mensonge qui dit la vérité.
Enfin, il est intéressant de voir que ce processus joue dans les deux sens : la vie réelle est source de fiction, mais cette dernière va à son tour contaminer la vie réelle. « Un écrivain n’est jamais en vacances, rappelait Ionesco. Pour un écrivain, la vie consiste soit à écrire soit à penser à écrire. »

Votre Nathan Fawles, écrivain culte qui s’est mis en retrait du monde médiatique, voire en opposition avec lui, est-il le reflet d’un écrivain connu ?


Plus exactement, Nathan Fawles porte certains traits d’écrivains auxquels je m’intéresse depuis des années. Il y a dans son personnage du J.D. Salinger, du Milan Kundera, du Elena Ferrante, du Philip Roth… Salinger, pour commencer, représente la figure de l’écrivain devenu prisonnier du succès de son livre au point de ne (presque) plus souhaiter en publier de nouveaux, comme si un malentendu s’était instauré entre lui et certains de ses lecteurs.
D’autres, comme Kundera, se sont montrés très méfiants à l’égard des médias, jusqu’à refuser pendant plusieurs décennies de donner des interviews. D’autres encore, comme Elena Ferrante, ont choisi de ne pas apparaître sous leur véritable identité. Enfin, Roth avait surpris ses lecteurs en annonçant lui-même qu’il n’écrirait plus de romans.
J’ai toujours été fasciné par ces romanciers capables de fixer leurs propres règles, capables de se mettre en dehors du rituel de promotion et de ne pas répondre aux attentes du système littéraire pour gagner des degrés de liberté. Cette liberté vis-à-vis de la réception
 des livres leur est indispensable pour la poursuite de leur oeuvre créatrice. Car trop souvent, les livres sont lus soit à travers la vie et la réputation de leurs auteurs, soit à travers les étiquettes que l’on a posées sur eux. Ce que résume Ferrante par une belle formule
: « Je ne crois pas que les livres aient besoin des auteurs, une fois qu’ils sont écrits, s’ils ont quelque chose à raconter, ils finiront tôt ou tard par trouver des lecteurs. Même Tolstoï est une ombre insignifiante lorsqu’il se promène avec Anna Karénine. »
Nathan Fawles est donc une cristallisation de toutes ces figures célèbres. Il s’est retiré soudainement du monde des lettres à l’âge de 35 ans. Mais, par une sorte d’effet pervers, plus il cherche à s’effacer de la scène littéraire, plus il attire la curiosité sur sa personne et sur les motivations mystérieuses qui ont présidé à ce retour dans l’ombre.

Il y a en fait deux écrivains dans votre roman, la figure tutélaire de Nathan Fawles, et puis le Candide, Raphaël Bataille, qui n’a pas encore réussi à être publié. Leur face-à-face est vraiment touchant, est-ce qu’il vous a été facile de vous remettre à la place d’un « débutant » après seize romans ?


C’était même plutôt un exercice agréable de puiser dans mes souvenirs de ce mélange de liberté et d’angoisse qui préside à l’écriture du premier roman. Comme moi à son âge, Raphaël Bataille, 24 ans, ne connaît personne dans le monde de l’édition et envoie ses manuscrits par la poste. Il vit ce moment de doute où son manuscrit a été refusé par plusieurs maisons d’édition. Mais il reste animé par une sorte de certitude intime de sa valeur, et un peu par déférence, un peu par orgueil, rêve de faire lire son roman à Fawles.
Raphaël se positionne comme un disciple de Fawles, un admirateur qui refuse de croire que son écrivain préféré puisse être un sale type, et qui sera prêt à tout pour l’aider lorsque ce dernier sera en difficulté. C’est lui qui est en partie le narrateur de l’histoire.
Nous découvrons donc le mystère qui se noue sur l’île à travers son regard. Et ses efforts pour « apprivoiser » Fawles constitueront son chemin initiatique. La candeur de Raphaël renvoie à une réelle passion pour la lecture et l’écriture. Raphaël s’émerveille du pouvoir des mots, capables, comme le disait Huxley, de « transpercer n’importe quoi, tels des rayons X » selon la façon dont on les choisit et dont on les agence. Et c’est cet émerveillement, positif et un peu naïf, qui va convaincre Fawles, malgré son caractère bourru et son cynisme, de lui ouvrir sa
porte.
Enfin, à l’inverse de son employeur, le libraire de l’île, qui en a une vision très désenchantée, Raphaël symbolise aussi une conception ouverte, large et optimiste de la culture.

À travers Mathilde Monney, vous abordez le double thème du secret et de la vérité. Le personnage de Mathilde en lui-même incarne ce mystère. Fawles a d’ailleurs du mal à la cerner et à deviner ses intentions.


Mathilde est un personnage ambivalent, lumineux et sombre à la fois. Elle est d’abord un rayon de soleil dans la vie de Fawles. Une visiteuse inattendue qui va venir le secouer, ouvrir les volets pour faire entrer un peu d’air dans sa vie et le distraire de sa solitude, ce
qui, même s’il s’en défend, n’est pas pour lui déplaire.
Mais Mathilde est aussi une menace pour l’écrivain, car elle incarne la quête de la vérité. Elle provoque Nathan Fawles pour essayer d’aller chercher en lui la raison mystérieuse de son renoncement à l’écriture. Mathilde est persuadée que résoudre ce mystère va éclairer les zones d’ombre de sa propre vie. Tout à sa recherche de transparence, elle ne mesure pas que les conséquences de cette vérité, « vivante et au visage changeant », pourraient bien se retourner contre elle.

Au lieu de La vie secrète des écrivains, le roman aurait pu s’intituler Le Prisonnier ou encore L’évasion, tant le rapport à la liberté est l’un des thèmes forts de l’histoire.


Oui, chacun des personnages se sent prisonnier d’une réalité ou d’un lieu et nourrit l’espoir de se libérer de cette oppression. Raphaël veut s’évader à travers la lecture et l’écriture, mais son évasion ne sera pas celle dont il rêvait. Nathan Fawles est prisonnier de l’île pour une raison que l’on ne révélera pas, comme il est prisonnier du succès de son premier roman. Quant à Mathilde, on découvrira qu’elle est prisonnière de son histoire familiale et de son désir de vengeance.
La quête de degrés de liberté est consubstantielle à la condition humaine. Il me semble que mes lectures m’ont appris que la quintessence de cette liberté est mentale. C’est la liberté de l’esprit, celle qui se déploie dans le territoire de l’intime et qui nous sert de rempart
intérieur. C’est cette vie secrète dont parlait García Márquez et dont Soljenitsyne remarquait qu’elle était le socle de notre liberté, car celle-ci « ne peut se bâtir que sur ce qu’autrui ignore de nos existences ».

La vie secrète des écrivains ne serait-il pas en fait un grand roman d’amour ?


Le manque d’amour, la recherche de l’amour et la peur de le perdre sont en effet les motivations conscientes ou inconscientes qui guident une bonne partie des comportements humains. Et ce, des plus vertueux aux plus condamnables. L’amour – sous toutes ses
formes – est donc la matière première de tous mes livres et celui-ci ne fait pas exception. Les comportements de Fawles et de Mathilde sont avant tout guidés par les sentiments. Comme d’autres l’ont dit avant moi : c’est toujours de l’amour dont nous souffrons, même
quand nous croyons ne souffrir de rien.
Mais si ce livre parle d’amour, c’est aussi de l’amour des livres. À travers le rapport à la lecture et à l’écriture que peuvent avoir Raphaël, Fawles et d’autres personnages, c’est mon propre rapport à la lecture et à l’écriture que j’interroge. Mon amour pour la forme
romanesque, et pour l’univers des livres qui a tant compté dans ma vie. À l’heure où l’on se désole du déclin de la lecture, ce roman est un éloge du livre qui reste pour moi, plus que jamais, l’instrument privilégié pour élargir notre vie intérieure. Dans une société
de l’immédiateté, saturée d’images et cannibalisée par la technologie, la plongée dans un roman nous permet, non pas forcément de nous échapper du monde, mais d’y revenir avec d’autres armes, une autre sensibilité et un regard que l’on n’aurait jamais eu sans cette expérience. Ni le cinéma ni la télévision ne rivaliseront jamais avec cette relation très intime, très personnelle et chimérique qui se tisse pendant la lecture entre ces deux inconnus que sont le lecteur et l’écrivain. Une relation qui défie le temps, l’espace et la mort.